La música de Vestida de Fuego, seis meses después


Esta mañana estaba sentada en el balcón y me disponía a una meditación, cuando sentí tanto sol en mi cara que decidí cambiar a otra silla y estaba ahí; había cerrado los ojos unos minutos, respirando, sintiendo cómo el cuerpo se iba acomodando. El aire estaba suave, la luz apenas entrando, y en ese estado sentí en mi corazón seguir el ejercicio con los ojos abiertos.
Y ahí estaba. Un pequeño pájaro muerto en mi balcón.
No me sobresalté, tampoco sentí urgencia por entender o por moverlo. Me quedé quieta, mirándolo, aunque no miento, sentí mis ojos aguarse un poco. No había señales de lucha, ni nada que explicara lo que había pasado. Solo estaba ahí, como si algo hubiera terminado sin necesidad de anunciarse.
Respiré más profundo. Y en ese mismo instante supe, aunque todavía no pudiera decirlo en palabras, que eso no era un accidente.
Ayer había escrito sobre la música de lo que muere y de lo que está por nacer, sobre esa rendición lúcida que abre paso a la luz que habitamos. Y hoy, sin ningún discurso, sin ninguna explicación, la vida me lo mostraba en su forma más simple: un cuerpo quieto, sin vida, en el mismo lugar donde yo suelo encontrarme conmigo cuando no necesito decir nada.
Mi balcón siempre ha sido ese punto medio entre lo que vivo hacia adentro y lo que dejo ver hacia afuera. Un espacio donde las cosas no necesitan volverse forma ni estructura para tener sentido. Y justo ahí apareció este pequeño pájaro, silencioso, como si también él respetara ese lugar.
Si bien, había algo de tristeza, que hizo humedecer mis ojos, no sentí miedo. Sentí algo más sutil: me acordé de cuando era niña y leía El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde, uno de mis cuentos favoritos a lo largo de toda mi vida y algo en mí intuía, sin saber explicarlo, que el canto no desaparecía cuando ese ruiseñor, se desangraba en un acto de amor mientras cantaba. Ese cuerpo que caía, así como el del pequeño pájaro de esa mañana en mi balcón, dejan de existir en este plano, pero su canto, que pareciera que no se escuchará más, no necesariamente deja de existir sino que, simplemente se mueve a otro lugar que no siempre podemos ver con nuestros ojos humanos.
Me quedé ahí un rato más, sin tocarlo, antes de recogerlo junto a mi esposo, como si ese momento también necesitara ser respetado.
Y recordé algo especial. Hace seis meses estaba lanzando mi primer libro: Vestida de Fuego. Puedo sentir todavía esa versión de mí, abierta, atravesada por la emoción, avanzando sin mapa claro pero con una convicción que no venía de tener respuestas, sino de estar dispuesta.
Y ahora, seis meses después, me encuentro a punto de entrar a la Feria Internacional del Libro de Bogotá –FILBo 2026–, del 21 de abril al 4 de mayo. Seis meses. Un ciclo que se completa. La luna llena de hace un par de días fue en Libra, y aunque no necesito explicarlo, lo siento en el cuerpo. Hace seis meses, en octubre, la luna nueva también fue en Libra. Algo se abrió ahí, y algo ahora se recoge, se acomoda y trae a la luz mi presencia.
La semana pasada empecé esta etapa, camino hacia la feria abriendo una serie de lives en YouTube. El primero, Fuego bajo la piel, no fue simplemente un contenido más. Fue un lugar distinto desde donde hablé, pues dudé mucho si posponerlo, debido a algunas circunstancias que me habían tenido en una montaña rusa emocional. Sin embargo, esa montaña rusa me trajo un gran regalo, al sentir de manera más profunda esta identidad radiante que desde niña, me llevaba a cantar, así como el gorrión de mi cuento, o el pequeño pájaro de esta mañana que “fuego he venido a traer a la tierra” y fue tan fuerte que decidí mantener esa sesión en vivo literal como lo había bautizado, con el Fuego bajo la piel. Lo sentí mientras lo decía, mientras me escuchaba, mientras algo en mí dejaba de sostener cierta forma de decir que funcionaba, pero que ya no me contenía completa.
Este martes 7 de abril viene el segundo episodio: La alquimia del dolor, y no puedo llegar a ese espacio desde el mismo lugar de antes, porque algo en mí ya no está disponible para hablar desde lo correcto, desde lo ordenado, desde lo que suena bien.
Volví a pensar en el pájaro y en ese instante lo entendí con tal claridad que no necesitó otra explicación: una forma de mí, más pulida, más fácil de decir, más acomodada a lo que se espera, ya no está viva. No se fue con ruido, no se rompió, no dolió. Simplemente dejó de tener lugar.
Hoy, en este Sábado Santo –acorde con quienes hemos crecido bajo la influencia judeo cristiana–, la palabra resurrección se siente distinta en mí. No como algo que vuelve a ser lo mismo, sino como la posibilidad de no seguir sosteniendo lo que ya terminó, para poder habitar con más verdad lo que sí está vivo.
Así que hoy escribo, así como lo hice con Vestida de Fuego, para recordar y recordarme, que ese pequeño pájaro llegó sin hacer ruido, con una verdad que hoy se sigue haciendo fuego en mi interior.
Nos vemos el martes en La Alquimia del Dolor.
No hace falta decir mucho más.
Aquí puedes unirte: https://www.youtube.com/live/KJwc6cc7Y3Y?si=aFn-pKIds6KIvD9c




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