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Afrodita Alquímica: Dos Vientres y una Diosa.

  • Foto del escritor: Ivonne Casado
    Ivonne Casado
  • 7 ene
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 días



Escribir sobre el deseo, sentir deseo, hablar de deseo.


Nada de eso me resultaba simple a primera vista. Se volvió natural solo cuando nació de haberlo sentido primero.


Y así, el deseo llegó a mí como llegan casi todas las cosas importantes: mientras hacía algo cotidiano. Iba manejando, repasando mentalmente una lista de pendientes, cuando apareció esa sensación conocida entre mi pecho y mi vientre, una mezcla de cansancio y lucidez. No era angustia. Tampoco entusiasmo. Era algo más, difícil de explicar y que quise explorar, ya sabes, siempre creo que las respuestas están en las preguntas.


El deseo siempre se me ha parecido más a eso que a las grandes epifanías. A ese pensamiento que aparece mientras me baño, cuando el agua corre y la mente baja la guardia. Dura apenas unos segundos y casi siempre lo despacho con la misma frase: no es el momento. Después sigo. El día continúa. Y, como tantas veces, el cuerpo guarda silencio.


Creí que eso era madurez. Responsabilidad. Hoy reconozco que, también fue una forma elegante de callarme.


Creo que en parte por esto, hablar de deseo nunca me resultó sencillo. No por falta de palabras —que suelen llegarme con generosidad—, sino por esa incomodidad sutil que aparece cuando, como mujeres, nombramos lo que queremos sin justificarlo. Como si escuchar el cuerpo fuera un exceso. Como si el placer distrajera. Como si soñar e imaginar fueran solo fantasías, una especie de deslealtad con una vida que ya funciona.


Justo en esa tensión —entre lo que el cuerpo siente y lo que la mente administra— empezó a gestarse Afrodita Alquímica. Como una sensación persistente, que supera cualquier idea. Algo que no se iba, aunque intentara ordenarlo, hacerlo razonable, volverlo productivo.


Desde niña he sido amante de las historias, los mitos y los cuentos. La mitología griega ocupó siempre un lugar importante en mi vida y, ya en la adultez, al profundizar en ella, al estudiar astrología, tarot, el Árbol de la Vida, y al leer a autoras junguianas como Clarissa Pinkola Estés o Jean Shinoda Bolen, entendí por qué nunca sentí a Afrodita como una diosa lejana.


La sentía como un espejo. Como esa mujer que fui muchas veces: la que sentía deseo y lo guardaba, la que creaba desde el esfuerzo, la que aprendió a producir antes que a gestar, incluso cuando la maternidad me trajo regalos indescriptibles. Al mirarla con atención, comprendí que el mito siempre había estado mucho más cerca de lo que pensaba.


Venus para los romanos, Afrodita para los griegos, fue representada desnuda o apenas vestida. Hoy sé que nunca fue provocación, fue memoria, recuerdo. Un cuerpo visible, grácil, sensual. Un cuerpo que no se esconde. Un cuerpo que crea. Las palabras que la rodean —dorada, miel, espuma, semen, discurso, magnetismo— hablan de fecundación, de vida que se expande, de lenguaje que engendra. Afrodita no solo procrea vida: le da forma, le da sentido, inaugura mundos.


Su nacimiento tampoco fue ordenado. Existen versiones limpias, casi correctas, que dicen que nació de Zeus y de una ninfa marina. Y existe otra, la que siempre me habitó más: Afrodita emergiendo de la espuma del mar, producto de una gota del semen de Urano, nacida del caos, del océano, de lo que no se controla. No llegó niña. Llegó completa. Nada en ella pidió permiso.


Con Afrodita Alquímica ocurrió algo parecido.


Paula Buriticá y yo nos reencontramos en esta vida hace un par de años. Bastaron pocos encuentros para sentir con fuerza un llamado. Como decía un viejo comercial: las mejores cosas de la vida toman tiempo. Ese llamado esperó hasta que, el 30 de octubre de 2025, nos sentamos simplemente a sentir.


Había cartas sobre la mesa, cuadernos abiertos, mucho verde alrededor, fuego, silencio suficiente. El cuerpo estaba presente. Eso era lo único importante. No buscamos ideas. Escuchamos.


Lo que apareció no fue una propuesta ni un plan. Fue una certeza física. Algo antiguo que se reconocía sin necesidad de explicación. Afrodita Alquímica necesitó dos vientres. Dos historias distintas. Dos recorridos que se buscaban en silencio para sostener lo que venía.


Paula llegó a este nacimiento con una sabiduría que indaga sin imposición. Su mirada —forjada desde la abogacía y profundizada en lo sistémico y lo ancestral— sabe leer los conflictos más allá de lo evidente y sostenerlos sin prisa. En ella, lo femenino y lo masculino conviven integrados: la escucha profunda y la claridad que ordena. En mí, esa integración toma forma a través del lenguaje simbólico, del cuerpo que siente y de la palabra que nombra, genera realidades  y da sentido. Afrodita Alquímica no eligió dos vientres al azar: eligió dos integraciones, dos cuerpos capaces de gestar deseo, sostener procesos y acompañar nacimientos conscientes.


No sentí que estuviéramos inventando nada. Sentí que recordábamos. La alquimia ocurrió sin esfuerzo, en ese punto preciso donde el cuerpo dice sí antes de que la mente intervenga. El vientre apareció como vasija. El espiral como ritmo. El árbol invertido como imagen viva: raíces en lo invisible, savia descendiendo hacia la materia.

Crear dejó de sentirse como producir y empezó a sentirse como gestar.



De esa gestación nació Afrodita Alquímica.


Desde entonces, comenzó a hablarnos a través de escenas simples. Reuniones donde todo funciona y, aun así, muchas mujeres no saben cómo explicar que algo se apaga por dentro. Proyectos exitosos que ya no vibran. Maternidades amorosas donde el cuerpo propio queda en pausa y, cuando se escucha, la culpa aparece como intrusa. Vínculos sostenidos por costumbre. Liderazgos que cargan mucho y sienten poco. Esa sensación difícil de nombrar: si lo tengo todo, ¿por qué no me siento bien?


Tal vez te reconozcas en alguno de estos escenarios. Si es así, Afrodita Alquímica también viene a hablarte a ti.


Afrodita Alquímica no apareció como un llamado en mi y en Paula para nacer en un templo. Nació el día en que pude decir, sin muchas palabras adornadas, ni plan: esto ya no lo quiero. Ese instante incómodo en el que sentí que mi cuerpo ya no acompañaba y decidí no forzarlo más. Escucharlo. Darle rienda al deseo.


Afrodita Alquímica también ha llegado a recordarme algo esencial: el deseo no es pecado, el cuerpo no es enemigo, crear no exige sacrificio. Ella habla a las mujeres que gestan: hijos, sueños, proyectos, nuevas formas de estar en la vida. A las que sienten fuego en el vientre y no quieren apagarlo para ser aplaudidas por una sociedad que valora la obediencia y el hacer, pero desconoce la fuerza de gestar.


El Génesis lo dice con claridad: todo lo que fue creado fue antes imaginado. Y yo me pregunto —y te pregunto— si algo puede crearse sin haber sido deseado primero.


Si mientras lees esta historia algo te resultó familiar, si reconociste una escena, una sensación, un silencio, Afrodita Alquímica llegó para acompañarte.


Si deseas darle espacio a eso que insiste —ese proyecto, ese sueño, ese deseo que vuelve cuando todo calla—, puedes entrar a este círculo de creación, manifestación y disfrute aquí. ✨✨✨


Además, te comparto este video de un viaje al cuerpo para abrir el 2026 desde el deseo...





Afrodita Alquímica ya nació. Paula y yo la sentimos y ofrecimos nuestros vientres para que pudiera encarnar.


La pregunta queda abierta, sin prisa:¿escuchas qué desea decir tu cuerpo hoy?


P.D. Este texto que hoy le permití a mis letras dejar salir es apenas el comienzo.






 
 
 

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