No estaba cansada de hacer. Estaba cansada de no sentir. –La conversación que muchas personas siguen evitando consigo mismas–
- Ivonne Casado

- 18 ene
- 4 Min. de lectura
IntegraMENTE: Entre Dos Mundos

Comienzo el 2026 después de una pausa necesaria. No la usé para hacer balances de cierre de año, sino para escucharME y este primer artículo del año nace desde ahí:
Desde la escucha del cuerpo. Desde el deseo que pide conversación.
Si alguna vez pensaste “todo está bien… pero algo no…”, quizás este texto también te hable.
No siempre el cansancio habla de falta de energía. A veces habla de falta de contacto.
La vida funciona, el trabajo avanza y las responsabilidades se cumplen; incluso vives la vida que pensaste que te iba a hacer sentir satisfecha. Y aun así aparece una sensación difícil de explicar, como si algo interno estuviera pidiendo atención.
Y claro, somos adultas. A eso solemos llamarlo madurez. Así que no suele aparecer en forma de crisis, sino que aparece en escenas pequeñas. En la reunión que sale bien, pero te deja vacía. En el proyecto que lograste y que, contra todo pronóstico, no te emociona. En el domingo en la tarde cuando ya sientes el peso del lunes, incluso antes de que empiece.
Yo reconozco bien esa sensación. La sentí con fuerza por primera vez alrededor de los treinta y cinco años. Tenía dos hijos pequeños, un matrimonio funcional, un trabajo sólido, una carrera en ascenso, una vida que —vista desde afuera— respondía a todo lo que se esperaba. Había estudiado, me había especializado, cumplía. Todo estaba “bien”.
Y, sin embargo, mi cuerpo no lo sentía así.
No era infelicidad. Era algo más silencioso. Un nudo persistente en el estómago. El cuello siempre tenso. Una sensación de desajuste que no sabía cómo nombrar.
Recuerdo pensar muchas veces: “no debería sentirme así”. Y esa frase, dicha en silencio, pesaba más que el cansancio mismo, pues llegaba esa sensación de “acaso qué más puedo pedir si lo tengo todo”.
Durante el día funcionaba. Trabajaba, cuidaba, resolvía. Y en los trayectos —entrando o saliendo de la oficina— lloraba sin saber bien por qué. No porque algo estuviera mal, sino porque algo en mí no encontraba lugar.
Hablar de deseo, en ese momento, no era una opción. Se confundía con ingratitud, con falta de compromiso. Con una especie de traición a una vida que, en teoría, ya estaba resuelta.
Así que lo callé.
Como lo había hecho antes, a los dieciocho, cuando estudiaba una carrera que cumplía con todas las expectativas… menos con lo que yo sentía. Como lo haría después, durante años, eligiendo siempre el camino lógico, que sí, me traía resultados y muchos “éxitos”, incluso cuando algo por dentro se cerraba.
El problema no es callar una vez. El problema es convertir ese silencio en forma de vida. Porque cuando el deseo queda fuera de la conversación interna, no se apaga la acción. Se apaga la presencia. Sigues haciendo, pero en automático. Sigues logrando, pero sin gozo.
Tu cuerpo, entonces, insiste. Lo hace a través del cansancio que no se va con descanso. De la irritabilidad sin causa clara. De las ideas que aparecen mientras te bañas, manejas o caminas… y que descartas rápido diciendo: “no es el momento”.
A veces también lo hace con preguntas inesperadas.
Recuerdo una tarde en la que mi hija, con la naturalidad de quien todavía escucha sin filtros, no teniendo más de 5 años, me preguntó: “Mami, ¿y tú por qué no eres artista?”
Yo le respondí algo correcto. Algo adulto. Algo razonable.
Pero esa noche lloré con otra pregunta, mucho más incómoda: ¿y yo por qué no me lo permití?
Escuchar el deseo no implica cambiarlo todo ni renunciar a lo construido, –yo honro cada uno de esos logros y pasos que me regalaron mucho y la estructura que hoy integro en cada paso que doy–. Implica algo más sutil y más desafiante: reconocer desde dónde estamos viviendo lo que ya hacemos.
Desde la obligación. Desde la costumbre. Desde el deber. O desde un lugar que todavía nos habita. En el trabajo. En los vínculos. En los proyectos que seguimos sosteniendo porque alguna vez tuvieron sentido.
Tal vez el movimiento más honesto de este tiempo no sea hacer más, sino dejar de ignorar esa conversación interna que vuelve una y otra vez.
No para resolverla de inmediato. Para escucharla sin culpa. Porque a veces el cansancio no pide pausa. Pide verdad. Y cuando empezamos a escuchar lo que sentimos, algo se acomoda. No de golpe, pero sí de una forma que ya no tiene vuelta atrás.
Hoy miro hacia atrás y reconozco que muchas de las decisiones más importantes de mi vida no nacieron de planes perfectos, sino de ese cansancio silencioso que me obligó a escuchar distinto. A mi cuerpo, al deseo. A eso que insiste incluso cuando todo “funciona”.
Este año quiero seguir habitando ese lugar y explorarlo con más honestidad. Nombrarlo con más valentía y acompañar a otras mujeres que también sienten que algo dentro pide conversación.
No para cambiarlo todo, sino para volver a habitar la vida desde un lugar más vivo, más encarnado, más propio.
Si mientras leías este texto reconociste una escena, una sensación, una pregunta que vuelve, éste camino no termina aquí.
Durante el 2026, junto a Paula Buriticá hemos abierto un espacio para seguir explorando el deseo como fuerza creadora, el cuerpo como territorio de verdad y el lenguaje simbólico como forma de volver a nombrarnos. Si sientes que este es el momento de escuchar tu deseo, únete aquí.
Nos seguimos encontrando IntegraMENTE, entre dos mundos… y cada vez más cerca de nosotras mismas.
Ivonne Casado Cáliz
Mentora | Autora | Creadora de IntegraMENTE | Conferencista | Vocera de Magia Interior y Autenticidad
Acompaño a mujeres cansadas de sostener roles, vínculos y expectativas que ya no les hacen sentido a traducir lo invisible en experiencia de vida, integrando su historia, su cuerpo y su voz, para habitar un camino y liderar su vida con coherencia, libertad y gozo.
Conoce más de mí y de mis programas en www.ivonnecasado.com




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