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Encontrarse en el corazón: el lugar donde todas mis partes se integran.

  • Foto del escritor: Ivonne Casado
    Ivonne Casado
  • 5 jul
  • 8 min de lectura

Julio 2026



Hacía meses que no aparecía por aquí, en el blog, y siento que he volcado mi escritura en las cartas semanales que envío cada jueves a toda la comunidad de IntegraMENTE. Sin embargo, a partir de mis últimas reflexiones sentí fuertemente compilar en este escrito lo que pasa por mi mente, cuerpo y corazón, y aquí lo comparto:


Hace un par de semanas, en un taller de escritura que he venido siguiendo, una de mis mentoras compartía la diferencia que para ella hay entre una rutina y un ritual; y yo creo que es cierto, existe un abismo entre las dos. Lo que en el calendario de la vida diaria podría parecer una simple rutina, cuando se hace desde el alma, con intención, se convierte en un ritual sagrado.


Pensando en eso, hace poco me acordé de una parte bellísima de El Principito —en el capítulo 21, cuando habla con el zorro—. El zorro le explica que los rituales son importantes, y le dice que si él sabe que el Principito va a llegar a las cuatro de la tarde, desde las tres su cuerpo, su mente y su corazón van a empezar a esperarlo y a ser felices. 


Esa es exactamente la intención de los espacios de conexión que hoy elijo construir: crear un ritual donde ya nos esperemos, donde sepamos que nos vamos a encontrar, sin importar el día o la hora, porque la intención de conectar sigue intacta.


Quizá por eso llevo días reflexionando mucho sobre lo que ha pasado conmigo este último año y medio. Y desde ahí he querido ser muy honesta, desde la frecuencia más pura de la verdad que me habita, no solo conmigo, sino con todo aquel que hace parte de mi entorno.


Porque si, de repente, he dejado sembrar la ilusión de que mi vida es perfecta, hoy quiero pedir disculpas, comenzando por mí.  


Lejos de ser perfecta, he navegado incertidumbres, muchas.


Hasta hace casi dos años yo vivía en un mundo muy corporativo. Un mundo muy hacedor, muy ejecutor, donde siempre estaba entregando, cumpliendo, y durante muchos años me denominé "guerrera" y cargaba un montón de etiquetas. 


Y sí, lo dejé. 


Es verdad que durante los últimos diez años en ese entorno había logrado integrar una parte de mí que durante mucho tiempo permaneció en silencio: mi intuición, mi voz, mi narrativa. Fueron años maravillosos. Llegaron resultados que jamás imaginé, ascensos, nuevos retos, títulos; construí equipos que hoy confieso que extraño profundamente porque fueron una de las mayores alegrías de ese camino.


Pero cuando salí de ese mundo pensé —y durante un tiempo mi cuerpo también lo creyó— que había dejado atrás a esa mujer.


Y entonces comenzaron los días luminosos y también los días de incertidumbre. Días felices porque siento que estoy llevando mi voz, mi propósito y mi visión de integrar a las mujeres, como siempre lo había soñado; incluso lo había escrito y no lo recordaba. Otros en los que sentí que estaba matando a mi voz anterior. Y mientras lo escribo, vuelvo a sentirlo: eso no es integrar. Y, como suelo decir, vine a enseñar lo que vine a aprender.  


Creo que ese ha sido uno de los aprendizajes más profundos de este tiempo. Descubrir que no necesitaba matar a la mujer que fui para convertirme en la mujer que soy. Que la líder estratégica, la mujer que disfrutaba construir equipos, pensar en grande y alcanzar resultados extraordinarios no era el obstáculo para mi propósito. Era parte del camino que me había traído hasta aquí. No en vano, ahí nació IntegraMENTE, el lugar desde donde hoy vivo mi misión.


Comprendo que esa es la mujer que vive en mí, la que integro todos los días.Y quizá por eso ya no me interesa alimentar la ilusión de la perfección.


Hoy vivo una vida que durante años imaginé y que sigo imaginando. Me levanto con la certeza de estar haciendo aquello que amo, de sentir mi corazón profundamente ligado a esta pasión, pero eso no significa que haya dejado de sentir incertidumbre. También tengo días de preguntas, de miedo, de silencio, de no saber.


Y qué alivio descubrir que eso también hace parte del camino. Este 2026, precisamente, me ha regalado volver a una certeza mucho más profunda: reconocer que ninguna parte de mí necesitaba desaparecer para que otra pudiera nacer. 


Lo único que necesitaban era encontrarse.


Y eso es, quizá, lo que hoy comparto en mis programas, en mis mentorías, en mi podcast Voces Vestidas, en mis conferencias, en mi primer libro Vestida de Fuego, en estos escritos y en cada espacio donde la vida me regala la oportunidad de elevar mi voz. 


Porque, al final, todo nace del mismo lugar, de ese deseo profundo de recordar que integrar nunca ha sido escoger entre una versión de nosotros mismos y otra. Integrar ha sido aprender a amarlas a las dos.


En este camino siempre vuelve a mí la imagen de las bifurcaciones.


¿Cuántas veces en la vida nos sentimos atrapados entre una cosa y la otra?

¿Cuántas veces nos peleamos entre dos seres que, en realidad, somos nosotros mismos?


Particularmente, este año me he reconciliado con mis dos partes para dar vida a una tercera.


Ese ha sido el gran aprendizaje desde que inicié mi camino al corazón: comprender que integrar no es mezclarlo todo hasta volverlo indistinguible. Es permitir que cada parte ocupe su lugar, desde la luz y el propósito. Despojarse de lo que ya no sirve, sí, pero también recordar e integrar quién eres.


Quisiera pensar que la luna llena del fin de semana, la sincronía de contar con noches más iluminadas, simplemente trajo un poco más de luz sobre aquello que siempre ha estado en mí y que muchas veces no me había atrevido a nombrar.


Hace tiempo hablo de la parte de mí que sabe, tomando prestadas unas palabras de Rebecca Campbell. Es la forma que mejor he encontrado para referirme a esa parte de mí que jamás ha dejado de estar unida a ese campo que subyace a todo, que yo llamo Luz, Dios o Energía Divina, y que cada quien puede nombrar como resuene en su corazón.


Y no, no me estoy volviendo loca por hablar de mis luchas internas, de mis bifurcaciones, de mi propia integración, de la luna llena o de ese campo que subyace a todo, aunque sé que para algunas personas pueda sonar un poco irracional. Lo que ocurre es que desde hace un tiempo una certeza empezó a abrirse paso dentro de mí.


La era de buscar terminó.


Durante mucho tiempo, desde muy niña, me definí a mí misma como una buscadora de lo invisible, de eso que no se ve, pero se siente profundamente. Y claro, la parte de mí que siempre ha anhelado conocerlo todo, saberlo todo, buscaba y buscaba en los libros, en las palabras, en los textos, en los cursos, en las conversaciones. No te miento: leer, aprender y seguir haciéndome preguntas seguirá siendo para siempre uno de los grandes placeres de mi vida.


Pero a donde quiero llegar es que ese viaje de búsqueda terminó. Y no porque un día hubiera encontrado todas las respuestas o porque crea que ya no me queda nada por descubrir. Terminó el día en que comprendí que no había un destino al cual llegar, porque el destino ya estaba enfrente de mí. Mientras estuviera viva, el destino ya estaba conmigo. El destino era yo misma.


Y cuando digo "yo misma" no me refiero a Ivonne. Me refiero a “esa parte de mí que sabe”, la parte de mí que jamás se ha separado de la Fuente y que siempre estuvo ahí, esperando que yo dejara de buscar afuera para descubrir que la búsqueda había terminado porque ya estaba en el destino.


Qué paradójico resulta verlo ahora. Pasé tantos años creyendo que caminaba hacia algún lugar, sin darme cuenta de que cada paso me estaba acercando, simplemente, a mí.


Ahí comenzó mi camino hacia el corazón.


Digo que hace un poco más de una década porque fue entonces cuando la incertidumbre frente a la fragilidad de la vida me regaló las preguntas. Y fueron esas preguntas las que, sin que yo lo supiera, comenzaron a llevarme de regreso. No hacia una nueva versión de mí, sino hacia ese lugar donde siempre había estado esperándome.


Sabiendo ya que había llegado a mi destino, a mi encuentro conmigo misma y con esa parte de mí que sabe —esa certeza que creo que habita en cada uno de nosotros—, el camino me llevó al corazón. Ahí es donde siento que se integran todas mis partes, donde mi yo más intuitivo se encuentra con mi yo más terrenal, más estructurado y más hacedor. Y solo puedo decir que ha sido un viaje maravilloso.


Y en este viaje al corazón, a ese centro que está en todo y que me conecta con todo, fue desde donde nació mi Método DRESS: despojarme de lo que no me definía, recordar mi esencia para, por fin, encontrar mi verdadera voz, la de esa parte de mí que sabe; sentirla y anclarla en mi cuerpo, cuyo lenguaje son las emociones; y finalmente, ser yo IntegraMENTE.


Y qué hermosa sincronía descubrir que la E de ENCONTRAR ocupa justamente el corazón de la palabra DRESS. Cada vez que vuelvo sobre mi propio camino me emociono al reconocer cómo, muchas veces, la vida va revelando sentidos que uno no había visto cuando empezó a caminar. Quizá por eso siento un deseo tan profundo de compartir mi historia, mis aprendizajes y la manera en que hoy puedo servir desde la mujer que soy.


Y, como nada es casualidad —yo prefiero hablar de sincronía y de sintonía—, hace unos días, conversando con un par de hermagas sobre el corazón y sobre esta pasión compartida por la ciencia y la espiritualidad, recordé que hacía algunos años había escrito una pequeña declaración de identidad, después de un ejercicio de conexión muy poderoso. Luego descubrí que no habían pasado pocos años, como yo creía, sino siete.


La volví a leer despacio y sentí algo muy difícil de explicar. Porque comprendí que aquellas palabras no se las había llevado el viento. Habían permanecido ahí, esperándome. Decían así:



"Soy luz, soy amor, soy mujer, soy arte, soy pasión. Mis dones son escribir, hablar, iluminar, alegrar, amar. Mi misión es: encender a través de mi arte, mi escritura y mi voz, la pasión y el amor en la transformación del ser, estando al servicio como líder de mujeres, adolescentes y niños".


Mientras las leía no pude evitar emocionarme hasta las lágrimas. Porque sí, soy luz. Esa parte de mí que sabe jamás se ha separado de la Luz. Y eso también es ser amor. Y ser pasión.


El año pasado terminé de escribir mi libro Vestida de Fuego sin imaginar que, de alguna manera, ya estaba nombrando aquello que había vivido durante tantos años: aprender a habitar ese fuego sin miedo, reconocerlo como una fuerza creadora y no como algo que hubiera que apagar.


Y qué decir de IntegraMENTE. Hoy puedo verlo con mucha más claridad; nació desde mi corazón para acompañar a otras mujeres a reconciliar su éxito con su esencia; a traducir lo invisible integrando su historia, su cuerpo y su voz para habitar una vida soberana, en libertad, coherencia y mucho gozo. A trascender ese “hacer agotador” para llegar a “ser en disfrute”.


Sé que mi corazón todavía anhela llevar este mensaje de una manera más directa a jóvenes y niños. Pero también sé que, de alguna manera, mi voz ya llega a ellos a través de las mujeres que acompaño, de sus hijos, de sus familias y de las historias que empiezan a transformarse cuando una mujer recuerda quién es.


Y quizá ahí también descubro otra forma de la sincronía. Durante mucho tiempo pensé que el propósito era un lugar al que algún día llegaría. Hoy siento que el propósito se va revelando mientras camino, mientras escribo, mientras acompaño, mientras converso, mientras me permito seguir integrando todas las mujeres que he sido y la mujer que hoy elijo habitar.


Así que hoy no puedo más que, celebrar esta vida, con sus bifurcaciones, con sus días luminosos y también con aquellos en los que la incertidumbre vuelve a recordarme que sigo siendo profundamente humana y profundamente divina.


Porque, al final, no es la perfección la que buscamos, sino la posibilidad de habitarnos en coherencia. Y quizá ese sea el ritual más sagrado de todos: volver, una y otra vez, a nuestro corazón.


Allí es donde vive la libertad.

 
 
 
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